01
El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho.
Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha
Las palabras
también nos
acompañan.
Citas famosas
Ideas de autores, artistas y pensadores para leer, recordar y compartir.
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Una idea puede acompañarnos mucho después de haber sido escrita.
01
El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho.
Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha
02
Santa Teresa de Jesús
03
Gustavo Adolfo Bécquer, Rima XXI
Cómo usar esta colección
Las frases más conocidas llegan con dos capas: lo que dicen y lo que se ha hecho con ellas. Una sentencia repetida en discursos, camisetas y carteles se lee a través de todo ese uso previo, y eso condiciona cómo va a sonar en tu mensaje.
No es un motivo para descartarlas. Es un motivo para decidir a conciencia: si la frase ya significa algo para quien la lee, tu texto empieza a mitad de camino, con lo bueno y lo malo de eso.
Una parte considerable de las citas célebres que circulan no pertenece a quien se les adjudica. Las frases viajan hacia los nombres más reconocibles: lo dicho por alguien poco conocido acaba atribuido a Einstein, Wilde o Cervantes, porque así se comparte mejor.
Cuando la procedencia no está clara, la salida honesta es presentarla sin firma o como atribuida. Una cita sin autor sigue funcionando; una cita con el autor equivocado resta credibilidad a todo lo que la acompaña.
Una frase célebre puesta sola informa de lo que te gusta leer. Acompañada de una línea propia —por qué la traes, qué te recordó, a qué viene ahora— se convierte en algo dirigido a alguien.
Esa línea no tiene que competir con la cita. Suele funcionar mejor cuanto más simple y más concreta sea.
Si el mensaje trata de algo que solo os concierne a dos, una voz ajena puede sobrar: introduce un tercero en una conversación privada.
La prueba es rápida: quita la cita y mira si el texto se sostiene. Si mejora, la cita estaba decorando; si se cae, estaba haciendo trabajo.
La manera rápida es buscar la frase entrecomillada junto al nombre de la obra, no junto al nombre del autor. Si aparece siempre en listas de citas y nunca en una edición, una biblioteca digital o un archivo de prensa, casi con seguridad no es suya.
El segundo indicio es el idioma. Una cita atribuida a un autor que nunca escribió en español y que circula únicamente en español, sin traductor ni edición de referencia, suele ser una paráfrasis que fue endureciéndose hasta pasar por texto original. En ese caso lo honesto es presentarla como idea atribuida, no entrecomillarla.
Un tercero, menos evidente: las citas apócrifas suelen ser más redondas que las auténticas. Un texto real lleva las marcas de su contexto —una subordinada larga, una palabra en desuso, una referencia a algo concreto—, mientras que la versión inventada está pulida para caber en una imagen cuadrada.
En un texto propio, una cita hace uno de tres trabajos: presta autoridad a una afirmación discutible, resume en una línea algo que costaría un párrafo, o sitúa al lector en una tradición. Si no está haciendo ninguno de los tres, decora.
Esa distinción resuelve la duda más común, que es cuántas usar. Una por texto suele bastar; dos ya compiten entre sí, y a partir de la tercera el lector deja de leerlas y pasa a saltarlas, igual que salta una lista de enlaces.
También decide dónde colocarla. Abriendo un texto, la cita marca el terreno y obliga a estar a su altura. Cerrándolo, funciona como conclusión prestada y suele dejar la sensación de que el autor no tenía una propia. En medio, apoyando un argumento concreto, es donde casi siempre rinde mejor.
Una cita célebre aporta autoridad prestada: lo que hace tuyo el mensaje es la línea que pones al lado.
Reunimos refranes populares, textos de dominio público y selecciones editoriales identificadas como tales.
Sí; conserva la atribución disponible y adapta el mensaje al contexto de quien lo recibe.
Prueba otra intención en el buscador: agradecer, animar, recordar o celebrar.
Conservamos la duda cuando una fuente no puede comprobarse y aceptamos correcciones editoriales.