Tus labios rojos como orgasmos,ofrecen un durazno en cada beso y en el verbo, una flor casi azucena.
Quien escribe gusta del halago, pero el 'escritor' en cambio, ha de aprender a gozar con el arrecio, con el golpe de martillo sobre el yunque de su obra. sólo así podrá forjar aiestos.